
Pelusa llegó a nuestras vidas en 2014 y durante once años fue esa presencia que te recibía en la puerta con una alegría tan genuina que hacía que los peores días se transformaran en otra cosa, alguien que sabía exactamente cuándo vos necesitabas que se acercara y pusiera su cabeza en tu regazo sin pedirte nada a cambio. Tenía esa costumbre de seguirte por toda la casa como si fueras lo más importante que le había pasado, de dormir en los lugares más incómodos pero siempre donde vos estuvieras, y de hacer esos soniditos raros cuando veía que te ibas a ir, como si quisiera decirnos algo que no alcanzaba a explicar con palabras. Ahora la casa tiene un silencio raro, ese que solo conocen quienes han tenido que aprender a vivir sin los pasos de alguien amado, y cada rincón sigue guardando la marca de esos once años
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