
Perla fue nuestra cómplice de nueve años, esa que saltaba a recibirnos cada vez que abríamos la puerta como si fuera la primera vez que nos veía en la vida. Te acordás de cómo se tumbaba en el rayo de sol de la tarde en el living y nos obligaba a pasar por ahí con cuidado para no molestar tu siesta sagrada. Dejaste un silencio en la casa que ninguno de nosotros supo cómo llenar, ese vacío que se siente más fuerte en los momentos que vos sos la que falta.
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