
Pichi llegó a nuestras vidas en 2006 con esa curiosidad inagotable de los gatitos, y durante seis años fue quien nos esperaba en la puerta cada vez que salíamos, maullando como si nos hubiera extrañado toda una eternidad aunque fuera solo cinco minutos. Te encantaba acurrucarte en el regazo mientras mirábamos tele los domingos a la tarde, ronroneando tan fuerte que parecía que te ibas a deshacer, y tenías esa manía de arañar el sofá justo cuando nos relajábamos, como si necesitaras recordarnos que vos eras el centro del universo. Dejaste un hueco enorme en esta casa cuando te fuiste en 2012, uno de esos silencios que duele porque falta el sonido de tus patas corriendo por los pasillos y ese reclamo insistente cuando llegaba la hora de comer.
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