
Pichi fue esa presencia que transformaba los días grises en momentos de pura alegría, con esa costumbre de seguirnos de habitación en habitación como si fuera lo más importante del mundo estar donde estábamos nosotros. Te acordás cómo se tiraba al piso cada vez que alguien llegaba a casa, con esa forma tan particular de saludar que solo vos tenías y que nos hacía reír sin falta. Dejaste un silencio en la casa que no sabemos cómo llenar, porque siete años de ternura y compañía no se reemplazan, solo se extrañan con el corazón.
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