
Pichi llegó a nuestras vidas en 2007 y durante siete años nos enseñó que la paciencia es la forma más hermosa de amar, con sus rituales diarios de exploración lenta por el jardín y sus siestones tranquilos que nos recordaban a ralentizar el ritmo. Te dabas maña para encontrar los rincones más frescos de la casa cuando hacía calor y nos sorprendías con tu apetito voraz cada vez que escuchabas el sonido del plato de comida, como si fuera la mejor sinfonía del mundo. El silencio de tu ausencia desde 2014 dejó un espacio que ningún otro animal pudo llenar, porque vos tenías una forma particular de estar ahí sin ruido, solo con tu presencia quiet y tu mirada que parecía conocer todos nuestros secretos.
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