
Pipi era ese tipo de perro que se acordaba de cada rincón de la casa donde vos habías estado triste, y se plantaba ahí nomás para quedarse con vos sin pedir nada a cambio. Te esperaba cada tarde en la puerta con ese entusiasmo que hacía que todo lo malo del día se disolviera en un instante, y vos sabés que eso no se olvida nunca. Dejó un silencio en las mañanas, en esas caminatas, en la forma en que la casa respira distinto cuando falta alguien que amaba así de verdad.
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