
Poroto fue ese gato que se instalaba en nuestro regazo cada vez que nos sentábamos, ronroneando como un motor que no se apagaba nunca, y que nos miraba con esos ojos que parecían entender cada cosa que le decíamos. Durante dieciséis años compartió nuestras tardes de lluvia, nuestras noches de insomnio y esos domingos lentos donde lo único importante era estar juntos en la cocina mientras tomábamos mate. Nos dejó un silencio en la casa que todavía duele, ese lugar vacío donde solía dormir, ese llamado nuestro que ya nadie va a responder con un maullido, y la certeza de que un amor tan simple y tan profundo no se olvida.
Sé el primero en dejar un mensaje