
Poroto era ese gato que se metía en la cocina cada vez que abríamos la heladera, maullando como si le debiéramos algo, y nos hacía reír sin falta cada mañana con sus acrobacias sobre la mesada. Te gustaba ronronear en el regazo a la tardecita, cuando se terminaba el ruido del día, y ahí nos quedábamos los dos sin hablar, entendiendo todo en silencio. Dejaste un vacío en las rutinas de la casa, en esos rincones donde esperábamos encontrarte, y aunque ya no estés, seguimos sintiendo que nos mirás desde algún lado con esa mirada curiosa que siempre tuviste.
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