
Poroto fue ese perro que se instalaba en nuestros pies mientras comíamos, que ladraba a los pájaros desde la ventana como si fuera su trabajo más importante, y que nos recibía cada vez como si hubiéramos estado perdidos durante años. Durante doce años fuiste el testigo silencioso de nuestras vidas, el que escuchaba nuestros problemas sin juzgar y que con solo apoyar su cabeza en nuestras piernas nos devolvía la calma que necesitábamos. Dejaste un vacio en las mañanas cuando no está ese ruido familiar de vos esperando tu desayuno, en las salidas cuando falta alguien para acompañarnos, en esa forma tan particular que tenías de hacernos sentir que nuestra presencia era lo mejor que podía pasarle al día.
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