
Poroto llegó a nuestra casa en 2018 y durante diez años fue el que nos despertaba cada mañana con sus saltos de alegría, el que nos esperaba en la puerta cuando volvíamos del trabajo y el que se acurrucaba en nuestras piernas las noches de lluvia como si quisiera protegernos. Tenía ese don de saber cuándo estábamos tristes y se quedaba quietito al lado nuestro, y también esa costumbre de robarse las pantuflas y esconderlas debajo de la cama, lo que siempre nos sacaba una risa incluso en los días más grises. Se fue en 2028 dejando un vacío enorme en cada rincón de esta casa, en esas rutinas diarias que compartimos durante una década y en nuestros corazones que van a llevarlo siempre, porque Poroto fue mucho más que una mascota: fue parte de nuestra familia y de nuestras historias más bonitas.
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