
Poroto fue nuestra tortuga durante doce años de encuentros lentos y profundos, esos momentos donde nos sentábamos a observar cómo exploraba el patio con la paciencia que solo ella sabía enseñar. Te acordás cómo esperaba en la esquina cuando llegábamos, moviendo la cabeza de ese modo particular que tenía, como si supiera exactamente a quién le tocaba alimentarla ese día. Se nos fue dejando un silencio diferente en la casa, ese espacio donde ahora falta el sonido de sus pasos lentos sobre las baldosas y la certeza de que alguien seguía ahí, tranquilo, viéndolo todo.
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