
Puma fue ese gato que te seguía por toda la casa esperando que te sentaras para acurrucarse en tu regazo, ronroneando como si quisiera decirnos que estaba exactamente donde quería estar. Tenía la costumbre de recibir a cada uno de nosotros en la puerta cuando llegábamos, maullando de una forma que solo él sabía, como si nos hubiera extrañado toda la eternidad aunque hubiéramos salido cinco minutos. Te dejás sin la presencia silenciosa que nos calmaba en los días difíciles, sin esa mirada profunda que parecía entender todo, sin el privilegio de verlo crecer desde gatito revoltoso hasta anciano sabio en estos 14 años que compartimos.
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