
Puma llegó a nuestras vidas en 2007 con esa manera inconfundible de saltar a los brazos cada vez que abríamos la puerta, como si no hubiera pasado ni un minuto desde la última vez que nos vio. Vos tenías ese ritual de recorrer la casa al atardecer, husmeando cada rincón y luego acomodándote en el mismo spot del living donde pasabas las horas más tranquilo, acompañando sin pedir nada. Te fuiste en 2016 y dejaste un silencio en esa esquina que todavía nos duele, porque los nueve años que compartimos se convirtieron en la costumbre más hermosa de quererte todos los días.
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