
Pumba tenía ese don de saber exactamente cuándo necesitabas que se sentara en tu regazo, ronroneando como si quisiera decirte que todo iba a estar bien. Pasaba horas mirando por la ventana con esa curiosidad infinita, y luego venía a contarnos sus aventuras imaginarias con maullidos que parecían historias completitas. Te dejamos un silencio en la casa que no sabemos cómo llenar, porque tu presencia cotidiana era lo que hacía que este lugar fuera realmente un hogar.
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