
Pumba tenía ese don especial de aparecer justo cuando más lo necesitábamos, saltando a nuestras faldas en los momentos difíciles como si supiera exactamente dónde estaba el dolor. Nos acostumbramos a sus rituales de cada mañana, a ese maullido particular que daba mientras nos observaba desayunar y a cómo insistía en dormir entre nosotros sin importar cuántas veces lo sacáramos de la cama. Desde que se fue en 2022 la casa quedó más silenciosa, y esos lugares donde solía echarse a tomar sol por las tardes se sienten vacíos en una forma que es difícil de explicar a quien no convivió con su presencia.
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