
Pumba fue nuestro despertador natural durante ocho años, ese perro que saltaba a la cama cada mañana con una energía que nos contagiaba ganas de vivir y nos recordaba que había un mundo esperando afuera. Te encantaba perseguir las hojas que volaban en el patio y eras capaz de quedarte horas oliendo cada rincón de la casa como si fuera la primera vez, con esa curiosidad que nunca perdiste. Dejaste un silencio raro en los pasillos y una ausencia que duele porque acostumbraste nuestros días a tu respiración, tus pasos y esa manera tuya de apoyar la cabeza en nuestras piernas sin pedir nada más que estar juntos.
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