
Rabito fue quien nos enseñó que estar en una casa no era solo estar ahí, sino elegir cada rincón como si fuera suyo, desde la ventana donde pasaba las tardes vigilando pájaros hasta ese rincón de la cocina donde esperaba que alguien abriera la heladera. Tenía esa costumbre de saltar a nuestro regazo justo cuando más lo necesitábamos, sin aviso, como si supiera exactamente cuándo alguien en la familia estaba triste o cansado, y se quedaba ronroneando sin pedirle nada a nadie. Sus quince años con nosotros dejaron una ausencia que se siente en los silencios, en esas mañanas donde instintivamente buscamos con la vista el lugar donde él solía dormir.
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