
Rabito llegó a nuestras vidas en 2011 y durante quince años fue el primero en recibirnos cada vez que abríamos la puerta, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía. Te encantaba dormir en el sillón de la cocina mientras nosotros comíamos, y tenías esa costumbre de apoyar la cabeza en nuestras rodillas pidiendo caricias sin hacer ruido, solo con esos ojos que decían todo lo que sentías. Ahora la casa está más silenciosa sin tus pasos, sin ese sonido de tu collar que nos avisaba dónde andabas, y nos queda el consuelo de haber caminado juntos todos estos años que nos regalaste.
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