
Rabito fue ese pez que nos enseñó a observar con paciencia durante trece años, reconociendo nuestras voces en el momento de comer y nadando en círculos nerviosos cada vez que alguien se acercaba a su pecera con la bolsita de alimento. Su presencia silenciosa en la sala se convirtió en un ritmo del hogar, un testigo mudo de las conversaciones, las risas y los días grises que pasamos juntos frente a esa pequeña ventana de agua. Ahora su pecera vacía duele de una forma que no esperábamos, porque resulta que los trece años de convivencia cotidiana con ese ser diminuto habían dejado raíces más profundas de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
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