
Rayo fue ese gato que nos esperaba cada noche en la puerta cuando volvíamos del trabajo, ronroneando como un motor que se negaba a apagarse y saltando a nuestros brazos con la urgencia de alguien que tiene mil cosas para contarnos. Te amábamos verlo acurrucado en el rincón del sillón gris donde pasabas horas observando el patio, con esa paciencia infinita de quien sabe que la vida sucede en los detalles pequeños, y cómo compartías ese refugio tranquilo con nosotros sin pedirle nada a cambio. Ahora la casa extraña tus maullidos a la hora del desayuno, tu costumbre de dormir entre nosotros en la cama, y ese modo tuyo de frotar la cabeza contra nuestras manos que era tu forma de decirnos que todo estaba bien, aunque fuera mentira.
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