
Rayo llegó a nuestra casa en 2014 y durante catorce años fue el testigo silencioso de todo lo que vivimos, ese gato que se sentaba en la ventana a mirar la calle con una curiosidad que nunca se le fue y que cada noche venía a ronronear al pie de nuestra cama como si quisiera asegurarse de que estábamos bien. Tenía ese don de aparecer justo cuando uno estaba mal, saltaba al regazo sin avisar y se quedaba ahí, quietito, haciendo su ruido de motor hasta que uno terminaba sonriendo sin saber muy bien por qué. Ahora la casa tiene otros sonidos, otros silencios, y nos cuesta acostumbrarnos a no escuchar sus pasos en los pasillos ni sentir ese peso familiar en la almohada que compartimos tantas veces.
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