
Rayo llegó a nuestras vidas en 2012 y durante quince años fue ese ser que te despertaba con la cabeza apoyada en la cama, que te seguía de habitación en habitación como si fueras lo más importante del mundo, y que celebraba cada regreso a casa como si hubiéramos estado años afuera. Con ese hábito suyo de sentarse en el umbral de la puerta mirando la calle, esperando, siempre esperando, nos enseñó una lección sobre la paciencia y la lealtad que nunca vamos a olvidar. Ahora la casa tiene un silencio distinto, ese que solo genera la ausencia de alguien que amamos, y aunque el tiempo pase, vamos a seguir sintiendo el peso de su cabeza en nuestras manos y ese ronquido tranquilo que nos arropaba en las noches.
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