
Rayo fue ese perro que se despertaba cada mañana con un entusiasmo inexplicable, saltando a la cama para asegurarse de que toda la familia estuviera lista para vivir el día junto a él durante esos diez años hermosos que compartimos. Lo que más nos marcó fue su ritual de esperarnos en la puerta cada tarde, ese gimoteo inconfundible que nos decía que había contado cada minuto de nuestra ausencia y que finalmente estábamos en casa otra vez. Desde que Rayo se fue dejó un silencio distinto en la casa, ese vacío en el rincón donde dormía y en esas miradas que buscaban su rostro cuando algo bueno nos sucedía, porque él era el primero con quien queríamos compartir la alegría.
Sofía R.
26 de junio de 2026
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