
Reina fue esa presencia que nos despertaba cada mañana con sus saltos en la cama, exigiendo caricias como si fuera lo más importante del mundo, y así era para nosotros porque en esos seis años nos enseñó que la felicidad podía ser tan simple como estar juntos. Te encantaba seguirnos por toda la casa como si fueras la guardiana de cada rincón, y en las tardes te echaba al patio a mirar pasar a los vecinos, siempre atenta, siempre presente en cada momento de nuestras vidas. El silencio de tu ausencia es lo que más duele, ese espacio vacío en el sofá donde descansabas tu cabeza y que nadie más puede llenar, porque vos no eras solo una mascota sino la brújula que nos guiaba en la cotidianidad.
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