
Reina llegó a nuestras vidas en 2015 y durante ocho años fue esa presencia que sabíamos dónde encontrar siempre: en la cocina esperando migajas, en el sofá reclamando su lugar al atardecer, en la puerta cuando llegábamos a casa como si no hubiera pasado ni un minuto desde que nos fuimos. Lo que más nos va a costar es no escuchar esos suspiros que soltaba cuando se acomodaba en su rincón favorito, ese ruido que significaba que estaba conforme, que la casa estaba completa mientras ella estuviese ahí con nosotros. Se fue dejando un silencio que todavía no sabemos cómo llenar, porque Reina no era solo un nombre en nuestra casa, era el ritmo de nuestros días, la razón de esas caminatas por el barrio y esa forma de quererse sin palabras que solo ella sabía darnos.
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