
Reina llegó a nuestras vidas en 2005 y durante dieciséis años fue la testiga silenciosa de nuestros días, observándonos desde su refugio con esa paciencia infinita que solo ella sabía tener, enseñándonos sin palabras que lo importante siempre puede esperar un poco más. Tenía sus rituales propios que se convirtieron en los nuestros: el baño de sol de las tardes, su forma particular de pedir comida moviendo la cabeza, esos momentos donde parecía reconocernos y se acercaba con una confianza que nos hacía sentir privilegiados de estar en su mundo. Se fue en 2021 dejando un silencio diferente en la casa, ese tipo de ausencia que no se llena con nada porque no era solo una mascota la que se fue, sino el testigo de nuestras historias, la que nos enseñó que la vida larga vale la pena vivirla con calma.
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