
Rex fue nuestro pequeño filósofo de cinco años que amaba sentarse en la ventana a observar el mundo pasar, ronroneando mientras el sol le calentaba el lomo y nosotros le contábamos nuestros secretos. Tenía ese don especial de saber cuándo alguien estaba triste en la casa y se acercaba a frotar su cabeza contra nuestras manos, como si quisiera decirnos que todo iba a estar bien. Su ausencia dejó vacío el rincón donde dormía, el sonido de sus pasos en las madrugadas, y esa forma que tenía de exigir comida con maullidos que parecían reclamos justos que no podíamos ignorar.
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