
Rex fue quince años de alegrías simples: de esas tardes donde se tiraba al piso para que le rascáramos la panza sin parar, de madrugadas acompañándonos sin pedir nada, de ese modo que tenía de meterse en la cocina cada vez que alguien abría la heladera como si fuera su misión más importante. Sabíamos exactamente cuándo volvíamos a casa porque su forma de saltar contra la puerta era inconfundible, esa energía sin edad que nunca le faltó incluso cuando ya llevaba años durmiendo más de lo que corría. La casa cambió sin vos, Rex, porque había rincones que eran solo tuyos, rutinas que giraban alrededor de tu presencia, y un silencio que antes no existía cuando dejaste de buscar caricias en nuestras manos.
Hernán D.
25 de junio de 2026
Los que amamos a los animales sabemos lo que cuesta despedirse.