
Rex fue nuestro despertador viviente durante doce años, ese perro que se paraba en la cama a las seis de la mañana exactas con su lengua tibia y sus ganas infinitas de que el día comenzara ya mismo. Vos eras el que nos esperaba en la puerta cada vez que llegábamos, sin importar si habían pasado cinco minutos o cinco horas, y que te sentabas en nuestros pies mientras veíamos televisión como si fueras parte del sofá. Dejaste un silencio en la casa que ninguno de nosotros sabía que existía, y ahora cada cosa que hacemos la hacemos sabiendo que vos no estás ahí para acompañarnos como lo hiciste todos estos años.
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