
Rex fue el guardián silencioso de nuestras tardes, ese que se apostaba en la ventana para vigilar que todos volviéramos a casa y que recibía cada regreso como si fuera la primera vez que nos veía. Con vos aprendimos que la felicidad más pura era la de un paseo sin destino, una caricia en la cabeza y la paciencia infinita de esperar sentado mientras nosotros nos olvidábamos del tiempo. Durante doce años llenaste los rincones vacíos de nuestra casa con tu presencia tranquila, y ahora el silencio de tu ausencia es lo que más duele, porque te llevaste esa forma tuya de hacernos sentir que éramos lo más importante del mundo.
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