
Rey nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: correteaba alegremente en su rueda cada atardecer y se acurrucaba en nuestras manos como si fuera lo más seguro del mundo. Durante esos ocho años compartimos despertares llenos de ternura viéndolo limpiarse la carita con sus patitas, guardar semillas en sus mejillas con una dedicación que nos hacía reír, y dormir profundamente en los rincones más inesperados de su hogar. Dejaste un hueco en nuestra rutina diaria que no se llena, Rey, porque en cada momento en que pasamos por donde viviste sigue habitando ese amor de verdad que nos diste sin pedir nada a cambio.
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