
Rey fue nuestro despertador de cada mañana durante cinco años, ese perro que insistía en lamernos la cara hasta que nos levantábamos de la cama para salir a caminar juntos sin importar el clima. En cada rincón de la casa quedó grabada tu costumbre de traernos cosas cuando llegábamos, como si quisieras compartir lo que habías encontrado durante el día, y eso que hacías con la cabeza ladeada cuando no entendías qué te decíamos sigue siendo lo que más extrañamos. Dejaste un silencio distinto en casa, ese que duele porque ya no escuchamos tus uñas en el piso o tu respiración en las noches, y sabemos que ese espacio que ocupaste no lo va a llenar nada.
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