
Rey fue parte de nuestra familia durante dieciséis años de encuentros cotidianos, esos momentos donde te esperaba en la puerta cuando llegábamos, donde tu cuerpo se relajaba al sentir nuestras manos y donde compartíamos los silencios más honestos de la casa. Tenías ese hábito de seguirnos de habitación en habitación sin necesidad de llamadas, como si supieras que donde estuviéramos nosotros era el único lugar donde querías estar, y eso transformó cada rincón de la casa en un espacio donde ocurrían cosas que importaban. Ahora los días tienen un vacío diferente, ese que dejan los seres que sos capaz de quererte sin condiciones, y aunque no esté tu respiración cerca, sigue estando todo lo que fuiste para nosotros en cada cosa que hacemos.
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