
Rocco fue ese gato que se metía en la cama apenas escuchaba el despertador, ronroneando como motor viejo hasta que nos convencía de quedarnos cinco minutos más con él. Durante once años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: una ventana soleada, un regazo dispuesto, y esos momentos raros cuando decidía sentarse en nuestro pecho a la madrugada como si fuera lo más importante del mundo. Dejó un silencio diferente en la casa, ese que notamos cuando ya no está esperándonos en la puerta o pidiendo comida con esos maullidos únicos que solo él sabía hacer.
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