
Rocky fue nuestro gatito de once años que nos despertaba cada mañana saltando a la cama y ronroneando hasta que nos levantábamos, con ese ritual que hacía que cualquier día comenzara con su amor incondicional. Te amaba estar en la cocina mientras preparábamos la comida, siguiéndote de un lado a otro y maullando como si supervisaras cada paso, y nosotros siempre sentíamos que realmente vos eras parte de esa magia cotidiana. Dejaste un silencio particular en los rincones de la casa donde te acostumbrabas a dormir, y cada vez que pasamos por ahí se nos quiebra el pecho porque no está ese peso cálido que nos acompañaba desde 2009.
Sé el primero en dejar un mensaje