
Rocky fue el alma de nuestra casa durante trece años, ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con la cola que no paraba de moverse y que insistía en dormir hecho un ovillo al pie de nuestra cama como si fuera lo más importante del mundo. Te acordás cómo se ponía feliz cuando agarraba su pelota preferida y nos traía a cada uno de nosotros la misma pelota una y otra vez, sin cansarse nunca, sin pedir nada a cambio más que nuestras caricias y estar cerca. Ahora la casa suena diferente sin tus suspiros, sin escuchar tus pasos en el piso cuando te movías de un lado al otro buscando el mejor rayo de sol, y ese vacío que dejaste es el precio hermoso de haberte amado tan profundamente durante todos estos años.
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