
Rufo fue ese gato que nos esperaba en la puerta cada tarde con un maullido particular, como si tuviera historias urgentes que contarnos después de sus aventuras por el barrio durante el día. Durante quince años compartiste con nosotros tus rituales: las siestas en el rayo de sol de la sala, tus ataques de jugueteo a las tres de la mañana y esa forma única que tenías de ronronear mientras nos mirabas fijo a los ojos. Te fuiste dejando un silencio en la casa que todavía duele, porque nadie más va a volver a ocupar tu lugar en el sofá ni a saludar como vos lo hacías cuando llegábamos a casa.
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