
Rufo fue ese perro que vos sabés, el que se despertaba con vos cada mañana y te seguía de cuarto en cuarto como si fuera la cosa más importante del día, siempre atento a cada movimiento tuyo con esos ojitos que nunca pedían nada pero lo daban todo. Le encantaba ese rincón del patio donde el sol pegaba en la tarde y se quedaba ahí horas enteras, y cuando volvías a casa después de cualquier lado, salía disparado como si no te hubiera visto en años aunque solo hubiese pasado una hora. Catorce años dejó un vacío que la casa entera siente, en esos silencios donde esperabas escuchar sus pasos, en las rutinas que ahora hacés solo, y en ese lugar de la cama que vos sabés que era de él.
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