
Rufo llegó a nuestras vidas en 2015 y durante ocho años fue el primero en recibirnos con su entusiasmo desbordante cada vez que abríamos la puerta, saltando y moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía. Te encantaba echarte en el rincón soleado de la cocina a la tardecita, y desde ahí nos mirabas con esa paciencia infinita mientras preparábamos la comida, esperando con la seguridad de que algo terminaría cayendo al piso. En 2023 nos dejaste un vacío que todavía duele, ese silencio en la casa sin tus pasos, sin tu respiración cerca, y la certeza de que una parte de nuestros días se fue contigo.
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