
Rufo fue dieciséis años de ronroneos a la madrugada, de esperar junto a la puerta cada vez que alguien se iba y de esa forma particular que tenía de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo nos dolía. Vos sos quien nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: en las siestas al sol de la tarde, en perseguir hojas en el patio y en ese ritual sagrado de acompañarnos a la cocina cada vez que abríamos la heladera. El silencio que dejaste en la casa es tan grande que todavía escuchamos tus pasos en el pasillo y sentimos tu ausencia en cada rincón donde solías estar, porque no dejas un vacío cualquiera sino uno lleno de dieciséis años de amor sin condiciones.
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