
Rufo fue esa presencia constante que nos esperaba en la puerta cada vez que llegábamos, con ese entusiasmo que hacía que hasta los días más grises se iluminaran de repente. Durante catorce años nos enseñó a vivir en el presente, sin preocupaciones del mañana, y a encontrar alegría en las cosas simples como una caminata al atardecer o simplemente estar juntos en el living. Se fue dejando un vacío en la casa que ninguna otra cosa puede llenar, ese lugar donde dormía, ese rincón donde nos buscaba cuando teníamos tristeza, y esa forma tan particular suya de amarnos sin pedir nada a cambio.
Claudia P.
25 de junio de 2026
Cuánto amor en tan poco tiempo.