
Rulo llegó a nuestras vidas en 2014 con ese carácter inconfundible de quien sabe exactamente lo que quiere: ronroneaba como motor de auto viejo cuando lo acariciábamos, exigía su lugar en la cama a las tres de la mañana y nos miraba con esa intensidad felina que parecía juzgarnos por cada decisión que tomábamos. Durante trece años fue el testigo silencioso de nuestras vidas, ese ser que estaba en la cocina cuando cocinábamos, en el escritorio cuando trabajábamos y siempre en el rincón más cálido de la casa, como si supiera dónde estábamos antes que nosotros mismos. Su ausencia dejó un vacío que no es tristeza solamente sino la extraña sensación de que falta alguien que conocía todos nuestros secretos, que presenció nuestros peores días sin juzgarnos y que simplemente, con su sola presencia, hacía que los problemas
Sé el primero en dejar un mensaje