
Rulo llegó a nuestras vidas en 2005 y durante ocho años fue ese ser que nos esperaba en la puerta con su particular forma de ronronear, siempre buscando sentarse justo en el medio de lo que estuviéramos haciendo, como si supiera que ahí era donde más nos necesitaba. Tenía esa costumbre de seguirnos de cuarto en cuarto sin hacer ruido, observándonos con una calma que nos enseñó a ralentizar los días apresurados, y en las noches se acurrucaba en el hueco entre nuestros cuerpos como si fuera el lugar que siempre le correspondió. Se fue en 2013 dejando un silencio en la casa que todavía sentimos, porque no es lo mismo caminar por los pasillos sin escuchar sus pasos ligeros ni encontrar esa mirada que nos seguía con tanta lealtad tranquila.
Sé el primero en dejar un mensaje