
Rulo fue quien nos enseñó que la felicidad vivía en las cosas simples: en el sonido de nuestras llaves antes de entrar a casa, en perseguir las sombras que el sol proyectaba en el piso, en esos momentos donde nos buscaba para apoyar su cabeza en nuestras rodillas sin pedir nada más que estar juntos. Durante nueve años fuiste el testigo silencioso de cada cambio en nuestra familia, el que nos esperaba siempre en el mismo lugar cuando volvíamos, el que sabía exactamente cuándo necesitábamos tu presencia sin que dijéramos una palabra. El vacío que dejaste en la casa es tan grande como el amor que nos diste todos los días, y en cada rincón donde solías estar, seguimos buscando tu mirada cálida y ese modo tuyo único de hacernos saber que el mundo estaba bien porque vos estabas ahí.
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