
Rulo fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en las cosas simples: esperar junto a la puerta cada vez que alguien llegaba a casa, perseguir las hojas en el patio y dormir con la cabeza apoyada en nuestras rodillas mientras mirábamos tele. Durante seis años nos acostumbramos a su ritual de cada mañana, ese salto ansioso apenas escuchaba el sonido de la correa, y a cómo se hacía bolita en la cama apenas refrescaba la noche. Ahora las cosas quietas de la casa pesan distinto, y ese rincón donde solía echarse se quedó vacío de una forma que no sabemos cómo llenar.
Rodrigo M.
17 de julio de 2026
Cuánto amor en tan poco tiempo.
Cecilia O.
12 de julio de 2026
Acompañamos en el dolor. Un abrazo fuerte.
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