
Rulo fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en las cosas simples: esperar junto a la puerta cada vez que alguien llegaba a casa, perseguir las hojas en el patio y dormir con la cabeza apoyada en nuestras rodillas mientras mirábamos tele. Durante seis años nos acostumbramos a su ritual de cada mañana, ese salto ansioso apenas escuchaba el sonido de la correa, y a cómo se hacía bolita en la cama apenas refrescaba la noche. Ahora las cosas quietas de la casa pesan distinto, y ese rincón donde solía echarse se quedó vacío de una forma que no sabemos cómo llenar.
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