
Rulo fue ese perro que te seguía de habitación en habitación sin necesidad de estar pegado, solo para saber dónde estabas vos, y que cada vez que llegábamos a casa nos recibía con un entusiasmo que parecía que no nos hubiese visto en años aunque fuesen apenas unas horas. Sus costumbres eran tan nuestras que todavía miramos la puerta esperando verlo llegar con esa forma particular que tenía de mover la cola, y nos cuesta acostumbrarnos a los silencios que antes llenaba con sus pasos por los pisos. En estos seis años que compartimos Rulo se convirtió en la brújula silenciosa de nuestra casa, en ese testigo tranquilo de nuestras vidas cotidianas, y su ausencia dejó un vacío que no se llena de la misma manera que antes ocupaba los espacios.
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