
Rulo llegó a nuestra casa en 2011 con ese talante de querrer estar siempre donde pasaba algo, metiendo la nariz en cada rincón y siguiendo a cada uno de nosotros como si fuera su trabajo más importante del día. Durante once años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: esperar ansioso en la puerta cuando alguien llegaba, reclamar su lugar en el sofá con ese gruñidito que solo él sabía hacer, y convertir hasta el paseo más corto en una aventura digna de contar. Dejó un vacío que no se llena porque Rulo no era solo un perro en la casa, era el ritmo de nuestros días, y ahora los silencios suenan diferente sin sus pasos y sus ronquidos de siesta.
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