
Simba llegó a nuestras vidas en 2006 y durante dieciséis años nos despertó cada mañana con sus ronroneos insistentes, reclamando que le preparáramos el desayuno como si fuera lo más importante del mundo. Te encantaba acurrucarte en la falda de quien estuviera leyendo o viendo tele, y tenías esa costumbre de golpear suavemente nuestra cara con la patita cuando querías que dejáramos todo para acariciarte. Ahora la casa es más silenciosa y extrañamos desesperadamente esos momentos simples, esas rutinas pequeñas que vos hacías tan especiales y que solo vos sabías regalar.
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