
Simba nos enseñó a entender el amor sin palabras, con esa forma que tenía de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando notaba que algo nos dolía, como si supiera exactamente qué necesitábamos en cada momento. Te acordás de cómo esperaba cada tarde que llegáramos a casa, saltando en la puerta con esa energía contagiosa que llenaba todos los rincones de la casa y nos hacía olvidar al instante cualquier mal día que hubiéramos tenido. En 2020 se fue dejando un vacío que ningún otro momento feliz ha podido llenar del todo, porque no era solo una mascota sino el ritmo de nuestras vidas, la razón de nuestras risas más simples y genuinas.
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