
Simón llegó a nuestras vidas en 2008 y durante diez años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: ronronear en la falda mientras mirábamos televisión, esperar pacientemente a que abriéramos la puerta de la cocina y recibir nuestro regreso a casa como si fuera el evento más importante del universo. Tenía ese don particular de saber cuándo necesitábamos su compañía sin que le dijéramos nada, y se instalaba entre nosotros en los momentos difíciles como si fuera el guardián silencioso de nuestras penas. Ahora la casa tiene esos espacios vacíos donde Simón solía dormir, y cada tanto nos sorprende el silencio donde antes había ronroneos, dejándonos claro que algunos seres, aunque se van, nunca realmente se van de donde vivieron amados.
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